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Imagen tomada de www.conplumaypapel.com |
La
consciencia deambulaba entre el aquí, el ahora, el allá y el pasado. No era su intención, solamente bailaba entre
las olas de un sueño profundo atraído por un accidente con daños irreversibles.
Algunas veces escuchaba a quienes en vida fueron personas cercanas y otras
veces percibía la preocupación de los doctores por su estado de salud.
No había
diferencia entre los días y las noches, los minutos y las horas, las semanas o
los meses. Era un estado permanente de
ir y venir, sin control del tiempo, ni el espacio. Una dimensión donde los sentimientos
dolorosos no existen, ni mucho menos las penas terrenales que tanto acosan a
los humanos en vida.
La
incertidumbre era una compañera constante; sin embargo, existía una única
certeza latente: el pasaje adquirido era de una sola vía y esto era tan inequívoco
como el trazo seguro de una máquina de costura guiada por la mano de una
especialista en estos menesteres.
En algunos momentos de esta inconsciencia a medias, la cama bajo su espalda se sentía algo suave pero incómoda, pues ya había adquirido la forma de sus huesos, perdiendo el confort característico de las noches de sueño plácido en la que fuera su casa.
A ratos llegaba el olor de flores marchitas mezcladas con medicamentos, otras veces, el fresco de la ventana abierta venía acompañado de recuerdos de tierra mojada, pastos verdes y árboles tambaleantes.
Un día (¿o noche?) sucedió que el cuerpo adquirió un peso inusual. La respiración era forzada y mucho más pausada de lo normal. Quizo decir "adiós, los veo en un rato", pero las palabras se ahogaron en unos labios endurecidos por el tiempo. Su transporte hacia un mundo incierto había llegado. La oscuridad envolvió su espíritu, mientras el camino que debía seguir se iba iluminando paulativamente... Ella lo miró tranquila y simplemente se dejó llevar por su trayectoria...
Katmarce--