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Foto tomada de enriquecaballos.blogspot.com |
La
respiración era entrecortada. La excitación era evidente. En cada latido del
corazón se ocultaba el deseo largamente almacenado en la jaula de la tentación y
que ahora se escabullía en bocanadas de aire que se esparcían por un par de
labios fundidos en un cálido e intenso beso.
La humedad
llenaba cada espacio imaginable entre esos labios carnosos, sonrojados y
trémulos que eran guiados por el impulso de un anhelo compartido de forma
cómplice y silenciosa.
Un beso
eterno, intensamente deseado, con sabor a chocolate amargo y a jengibre. Un
beso con paso lento al inicio y un caminar en constante aceleración, conforme el
frenesí se desparramaba a través de los cuerpos estremecidos que se escondían
en un pasillo oscuro, al final de un callejón. Era un rincón desbordado por la ansiedad, donde apenas se escuchaba a lo lejos el
murmullo de una fiesta concurrida en otro mundo que reprocharía lo que ocurría aquí
de forma clandestina.
La noche
era fría y contrastaba con unas pequeñas muestras de lluvia que se deslizaban entre
esos cuerpos que apenas dejaban espacio para la imaginación. Él la lanzó contra
la pared y ella quedó desarmada. Su mente la impulsaba a detener el momento,
pero su cuerpo quería más.
Con el mismo ímpetu que los animales salvajes defienden a sus crías, la
pareja dejó libre sus instintos por medio de sus bocas y se sumieron en el hechizo
de la pasión. Buscaban saciar esas fantasías de medianoche tantas veces
repasadas en sus mentes, al mismo tiempo que esperaban ahuyentar el tormento
que esta prolongada espera les había ocasionado.
Fueron solo
unos minutos, no más que eso… Hubo caricias, hubo fuego, hubo humedad, hubo
sangre… No hizo falta desvestirse; eso
salía sobrando.
La estocada
final llegó tan apetitosa como la entrada de este banquete. El femenino cuello candente,
como si acumulara lava a punto de brotar en erupción, se presentaba limpio y
bien formado. Era un lienzo plano, vibrante y suave al tacto, justo como se
requería para clavar los dientes finos y sedientos de sangre viva.
El galán
seductor no esperó más, su lengua probó el dulce sabor de la piel de la mujer que
se erizó con el delicado contacto. Un fuerte apretón al cuerpo de la víctima
paralizada y un último beso arrebatador en su cuello fueron los elementos que
anunciaron el clímax de esta ópera interpretada por una soprano imaginaria que lanzó
su nota más alta en el momento en que el vampiro le regaló la eternidad a su
presa, a través de un último desliz de pasión prohibida.
Katmarce—