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Imagen tomada de cabrosdebarrio.blogspot |
Como es
usual en estas situaciones, al entrar, el olfato recibió el choque a humedad mezclado con
el sudor de algunos y las congojas de otros.
Pagué el pasaje y me percaté que aún quedaban asientos.
-“¡Aleluya!”, dije para mis adentros;
mientras me sentaba en el primer espacio disponible, tratando de respetar los
reservados para adultos mayores.
Cómodamente
ubicada, mirada al frente y revisando de vez en cuando mi celular, me percaté
que el asiento de atrás estaba ocupado por un hombre joven, con audífonos, pelo
rasurado y con una bolsa entre sus regazos, la cual empezaba a ser víctima de
su acecho afanoso, justo como un mapache en plena exploración diligente entre
basureros y restos de comida.
Solo tardé
unos micro-segundos para constatar que lo que tenía entre sus manos era pollo,
o chicharrón, o algún aperitivo similar, con apariencia aceitosa y textura algo
“tiesa”, pues el sujeto tuvo que utilizar con fuerza sus dientes para cortar una
pieza de lo que fuera que estuviera devorando y hacerlo llegar de esta forma a su boca.
A pesar de
que el típico olor a pollo “embombillado” no me llegó, supe que el muchacho
estaba atacando de forma anticipada su cena, en plena luz del bus… Una escena
típica para quienes utilizamos el transporte colectivo, especialmente a una
hora posterior al horario de oficina.
Como yo
estaba al frente de él, mi mayor preocupación era que el caballero tuviera la
destreza necesaria para no permitir que ningún bocado volara más allá de sus
mandíbulas, especialmente entre mi cabello.
Él seguía concentrado
en el “picoteo” de su comida, aunque se notaba que no tenía la intención de
terminar su merienda ahí mismo.
Probablemente el hambre y el antojo eran incontenibles y lo motivaron a adelantar
un poco del manjar que le esperaría en su casa... No sé, mis especulaciones vacilaban
mientras ojeé hacia atrás y vi otro campo vacío. Sin titubear, me trasladé hacia allá y traté
de dirigir mi atención a otros asuntos.
No obstante,
el muchacho seguía captando mi foco de interés… Un par de “mordiditas”
más a su festín y… Listo… Los chupetazos a sus dedos anticipaban que la “goloseada”
había terminado…
Desde mi
asiento, no pude más que sonreír… Ciertamente, es un poco desagradable y algo
molesto ser testigo de estas escenas en el autobús, en un espacio algo reducido,
con poca ventilación y a una hora donde el hambre ataca las tripas de cualquier
“cristiano”… Pero me queda la duda de si ese disgusto más bien no sea una
especie de envidia “vergonzosa”, al desear ser dueño de la naturalidad
necesaria para echarle una probadita a algún tentempié, en el momento justo que
se necesita, sin importar el qué dirán.
Katmarce—